domingo, 5 de mayo de 2013

Perra


Sentía como la vista se le nublaba en medio de un gemido que le salía desde el fondo de las entrañas. Era un orgasmo, del que tantas y tantas veces había oído hablar. El que tantas y tantas veces había buscado de diversas formas. Masturbándose con las manos, con una botella, con un consolador sin pilas, con un vibrador, cogiendo con los primos, con los del barrio, con su nuevo novio Manuel.

Nunca podría tener la certeza pero todo indicaba que esa falta de aire, ese retorcijón en medio de su vagina, en un punto exacto que no podía ubicar, era un orgasmo. Sus ojos permanecían cerrados y esos segundos de placer le parecieron la razón de su vida entera.

La bolsa de nylon que le cubría el rostro, ahora con una extraña sonrisa, se le terminó de pegar a la piel, la fuerza que la sostenía en cuatro patas, dejó de correrle por los músculos. Ya no sentía nada, ni ardor en la pierna navajeada, ni dolor en la mano sin dedos, ni miedo, ni odio, ni impotencia, solo una corriente de paz y ganas de no abrir los ojos nunca más.

El hombre, que no llegaba ni siquiera a los dieciocho años de edad y que, sin embargo, tenía más vida que un militar de sesenta, se percató que el cuerpo al que estaba penetrando, era ya un cuerpo muerto.

Igualmente siguió, una y dos veces, una y veinte veces, no iba a quedarse con el semen dentro, ya que eso luego le causaba grandes retorcijones en la base de la verga.

Inmediatamente después de la erupción, se sacudió el miembro sobre el cuerpo inmóvil, se lo guardó entre los pantalones anchos de lona y dijo en voz alta -esta puta ya palmó, mejor nos apuramos a terminar el trabajito y nos rajamos.

El Payaso, que aún no había gozado, levantó una mano en señal de desaprobación y dijo que el no se largaba a ninguna parte sin antes metérsela a la jaina -que deahuevo ustedes cerotes como ya están desquesados, pero yo así no me regreso a mi chante, caras de mi verga, ahora se esperan culeros.

Luego de eso se acercó al cuerpo, lo puso boca arriba, lo estiro bien y se le echó encima para facilitar la penetración, como estaba tan caliente, de tanto ver, se vino en pocos minutos.

Los demás se rieron casi al mismo tiempo, el Pinki dijo -este hijueputa no aguanta naaa, mejor no le conecto a la Rossana que la va a dejar con ganas.

Entre todos, que eran seis, exactamente seis, cogieron a la mujer; o lo quedaba de ella. La extendieron sobre un nylon. El Payaso, con un cuchillo de cocina oxidado le corto las orejas y las metió dentro de una bolsa amarilla de Paiz. El líder de la clica, el más ácido de todos, el más cabrón, conectó el cuchillo eléctrico que se habían güeviado especialmente para esos menesteres y empezó a cortarle la pierna izquierda, en la que antes, cuando aún estaba vivita y coleando, le habían escrito la palabra PERRA con una navaja.

La sangre salpicaba de forma sucia y descontrolada manchando todas las paredes. El Kalaka, sin pensarlo, alegó por el desorden que se estaba haciendo -ala gran puta vos, esta mierda si nos va a costar limpiarla, trabaja más limpio manito, como un profesional. Todos, al unísono, volvieron a reir.

- Mejor pasame esa caja y hacete shooo, cara de mi culo, le dijo el Bronson al Kalaka. A los pocos segundos la pierna lucía dentro de la caja de carton de Pasta Ina como un cadáver en su propio ataud.

La caja fue depositada de madrugada en una calle de la zona 3. Las orejas se las guardaron ellos de recuerdo. El resto del cuerpo, el tórax, la cabeza, los brazos, la otra pierna, fueron cortados luego, metidos como fuera en bolsas negras Kanguro y depositas sin orden en diferentes puntos de la ciudad.

-Este tiene que ser un orgasmo se decía ella para si misma, del que tanto me habían hablado, el que tanto había esperado.



Regina José Galindo